Dicen que incluso una flor puede crecer perfectamente entre la basura. Eso es la ciudad de Rachel, un oasis en medio de las tierras desérticas del Imperio de Arunafeltz.
De pequeña siempre he sido algo más débil que el resto de chicos y chicas de mi edad, y muy a menudo debía estar encerrada en casa sin poder salir a jugar a la calle. Esta, digamos que ha sido una de las causas, que a largo plazo, hicieron que ahora fuera lo que soy...
En la ciudad de Rachel, la mayoría de gente se hace devota de nuestra diosa Freya. Su imponente templo, de una arquitectura complicada, ocupa casi la misma extensión que la ciudad entera.
Debido a que siempre estaba en casa, he recibido mucho la influencia de mis padres, que han querido que me integrase en la sociedad. Para agradecerles los cuidados y la paciencia que han tenido a lo largo de estos años, decidí cumplir su último deseo, y hacerme sacerdotisa.
Para alguien como yo, el entrenamiento ha sido muy duro. Se que es importante ayudar a la gente, pero también creo importante protegerla de las fuerzas del mal, así que decidí seguir la senda de los exorcistas. No me importaba cuan duro fuera. Se que lo conseguiría.
Durante mi aprendizaje, conocí a una chica de mi edad. Su nombre, era Azalea. Al cabo del tiempo desapareció. Oí decir que la habían exiliado por desobedecer las leyes y cumplir su voluntad. Por un lado me supo mal, ya que a nadie le gusta que la expulsen de su hogar, pero por otro lado la envidiaba, ya que fue capaz de obtener la libertad que yo tanto quise.
Pasó el tiempo, y continué mi entrenamiento. Viajé hasta las tierras de Rune Midgard, para mi sorpresa cual fue, encontrarme con Azalea, que ya era toda una hechicera.
Me alegró que después de tantos años, todavía se acordara de mi... Me recibió con los brazos abiertos en el clan que había formado, un clan que exploraría todas las ruinas del mundo para protegerlo de las fuerzas del mal. Como nuestros intereses eran comunes, decidí unirme a ellos.
Ahora vivo en la Iglesia de Prontera, bajo la atenta mirada de todos los sacerdotes.
|