| Salvatore Barbieri | |||||||||||||
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Siempre me había gustado la magia. Desde muy pequeño escuchaba con gran interés las historias de antiguos heroes, pero las que más me fascinaban eran aquellas en las que había magos. Dominar los elementos y someterlos a tu voluntad era algo increible. Mi padre, un honrado herrero, siempre traraba de quitarme la idea de la cabeza. "Seguirás los pasos de tu padre y cuando seas adulto te enviaré a Alberta a ingresar en el gremio de mercaderes." Era lo que me repetía siempre, sin ser consciente de que, aunque vivíamos al lado del edificio del gremio de herreros, el gremio estaba en la misma ciudad que el gremio de magos: Geffen. Faltaban pocos días para que alcanzara la mayoría de edad y logré escabullirme un momento de la vigilancia de mi padre en su taller y me dirigí al gremio de magos. Todavía no me lo podía creer cuando di el primer paso en su interior. Era como un sueño hecho realidad. HAbía algo extraño en el ambiente, podía sentirlo. O quizás era el hecho de que todos me estaban mirando. "¿Cómo se atreve el hijo de un herrero entrar en el gremio de magos?" Se debían estar preguntando. Me dirigí hacia el fondo de la sala, donde se encontraba una chica muy simpática. Cuando le pregunté qué necesitaba para ser mago me dejó atónito. ¿Sólo necesitaba rellenar unos formularios? Debía haber trampa. Mi instinto no me falló. Debía hacer una especie de mezcla con ingredientes mágicos. "Perfecto, me dije, ahora es cuando hago explotar el edificio." Me dijo que la lista de ingredientes que necesitaba los encontraría en un libro que había en un estante cercano. Cuando lo consulté descubrí con horror que debía ir a la lejana ciudad de Payon para conseguir un ingrediente esencial para la mezcla. Necesitaba saber dónde estaba Payon. Por suerte al lado había un mapa de Rune-Midgard. Tuve que contener un grito de sorpresa. Estaba lejísimos. Aunque... me fijé con más atención. Una sensación de triunfo recorrió todo mi cuerpo. Payon se encontraba cerca de la ruta hacia Alberta. Era perfecto. Podría usar el viaje a Alberta como excusa y me dirijiría a PAyon en su lugar. En cuanto recibiese el dinero que mi padre me regalaría por mi cumpleaños para ir a Alberta, me pondría en marcha hacia mi destino. Cuando me disponía a salir del gremio, ví que al lado de la puerta había una estatua que no reconocía. "¿Quién es?" Pregunté a alguien que pasaba por mi lado en ese momento. Me miró asombrado. "¿Nunca has visto una imagen de Forseti, dios de la sabiduría y el conocimiento?" El rubor asaltó mi rostro por un instante. Le respondí que no, que era la primera vez que estaba en el gremio. "Veneramos a Forseti porque para dominar los elementos, antes hay que comprenderlos. Por eso tenemos una estatua suya en su honor aquí." Lo que decía parecía complicado. ¿Comprender los elementos? Era algo que no entendía del todo. Supongo que cuando me admitiesen como alumno me lo explicarían. Pero antes debía conseguir ese ingrediente para la mezcla. |
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