Sanglas





Nombre: Sanglas
Profesión: Novice
Dios: Loki





"Primero, tú mismo. Después, el mundo". Eso es lo que siempre me decía mi padre.

Nací en la laberíntica ciudad de Einbroch, llamada la Ciudad del Acero y conocida por la pureza de su ambiente *risas*. Realmente, sólo le parece laberíntica a los extranjeros, pero los de allí nos movemos con facilidad. Me crié correteando por aquellas calles, respirando humo y los vapores de la fundición donde me criaba mi padre, pero crecí bien. Me gustaba subir a la torre de Einbroch. Desde allí se divisaba toda la ciudad, y el aire era algo mas claro.
Mi padre trabajaba en el acero, y mi madre murió durante el parto, lamentablemente. Lo que aprendí lo aprendí en la calle, el colegio no es barato y mi padre no tenía tiempo de enseñarme nada más que el oficio de las fábricas. Crecí ayudándole en lo que podía, pero mi constitución siempre ha dejado mucho que desear. Eh, no me mires así, pocos niños se crían en Einbroch, y los de Einbech siempre gozan de mejor salud. Sin embargo, podíamos vivir e incluso ahorrar algo. Para cuando yo crecí lo suficiente, mi padre ya era viejo. El aire de Einbroch pasa factura, y parecía el doble de anciano de lo que debía ser. Con sus ahorros, compró una pequeña casa en Einbech, y se fue a vivir allí, donde aún permanece. Él pretendía que continuase su trabajo, que me dedicara al acero, pero yo no quería que me ocurriese lo mismo que a él. Quería salir de allí.

-¿Pero a dónde vas a ir? ¿Vas a ser un aventurero? ¿Tú?
-No lo sé, padre, pero no quiero quedarme aquí.
-En los últimos años todo se ha infectado de monstruos. ¿Crees que sobrevivirás fuera de la ciudad?
-Puedo intentarlo.
-Vamos, mírate, eres débil. No podrás ni empuñar una espada. ¿Cómo vas a defenderte?
-Lo intentaré.
Ya me marchaba hacia la puerta con mis cosas en un atillo. Por supuesto, volvería a ver a mi padre, pero no quería seguir esta conversación. Mi padre siempre me apoyaba, y no comprendía por qué esta vez no lo hacía.
-No... No te vayas aún.
Me detuve. Mi padre no quería que me alejase. Me quería. Dí la vuelta y me acerqué a él. Le dí un beso en la frente.
-Volveré a visitarte. Te traeré un regalo.
Las arrugas de mi padre se estiraron en una sonrisa. Volví a dirigirme a la puerta.
-Espera... Si vas a irte... -dijo mi padre- Habla primero con el viejo zorro, el líder de los tiradores. Quizás él te pueda ayudar.
Sonreí.
-Gracias, padre.

Por esto he subido al tren. ¿Tardaremos mucho en llegar a Einbroch?







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